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¿Por qué un Juego?

A l( )s niñ( ) les encanta jugar. Verles jugar es fascinante. El tiempo parece detenerse y están tan absort( )s en lo que hacen que lo demás desaparece. Por instantes su juego es lo único que existe. Nada más importa. Ese juego es espontáneo, libre y creativo. Los objetos cambian de función, los escenarios se transforman con fluidez y asumen roles diversos sin preocuparse demasiado por las lógicas comunes. Inventan reglas que se ajustan a sus deseos. Reglas que varían al ritmo de sus frustraciones y necesidades personales. En una hora de juego, se pude saber más de un( ) niñ( ), que en una exhaustiva evaluación psicológica. En el juego ensayan, experimentan, se atreven, se muestran tal y como son.


No sólo l( )s pequeñ( )s por supuesto. Hay que ver lo que pasa en una partida de Risk, Monopoly o cualquier juego de mesa entre adult( )s, en una contienda entre amig( )s en alguna cancha, en un juego de botella en alguna fiesta adolescente, o en alguno de esos concursos televisados que tienen tanto rating.


Jugamos todo el tiempo. Incluso cuando creemos que no lo hacemos.

Nos enfrascamos en complejos juegos psicológicos, creando conflictos con otras personas, para divertirnos secretamente buscando intensidad emocional, o batallas verbales en las que podamos salir triunfantes. Si la vida está muy aburrida, pronto encontraremos la manera de enredarnos en algún problema digno de novela en el que podamos entretenernos. Nos inventaremos inconscientemente retos imposibles que nos motiven a levantarnos por las mañanas. Fabricaremos perfectos antagonistas que nos hagan la vida imposible, y buscaremos aliados que nos ayuden a vencerlos. Día a día inventamos películas merecedoras de premios Oscar, y nos pasamos el día creando estrategias que nos permitan llegar al primer puesto en el podio.


Lo cierto es que no hay diferencia alguna entre el juego infantil que añoramos y la vida misma.


Bueno, quizá hay una. Una muy importante: La consciencia de que estamos jugando.


Así es. Pareciera que un juego es juego cuando sabemos que lo es.

Cuando elegimos participar con consciencia. Si no sabemos qué es un juego, o si se nos obliga, entonces el juego puede ser una verdadera pesadilla. Esto me hace pensar en una película que me impactó mucho en su momento. Se llama justamente "El Juego" (The Game, 1997). En ella el protagonista vive una serie de situaciones terroríficas que le llevan al suicidio. Un suicidio fallido porque resulta que todo lo que vivió, incluido aquel salto fatal, no era más que un juego diseñado meticulosamente por sus amigos para enseñarle una lección de vida. Después de horas de angustia, hay un tremendo alivio al saber que se trataba tan sólo de un juego. Pero mientras no se sabe, hay sólo sufrimiento. Sufrimiento para quien no sabe. Diversión para quien sí lo sabe y usa al ignorante para ese egoísta propósito. Está claro que jugamos para divertirnos. El problema es que no siempre en los juegos coincidimos en la diversión. Lo que me lleva a otro aspecto muy importante.


Un juego es juego mientras haya diversión.


Entonces hay juegos que no lo son para todos los involucrados.

Volviendo a l( )s niñ( )s, esto ell( )s lo saben muy bien. Pueden decir fácilmente, ya no quiero jugar más. Llorar escandalosamente, para interrumpir el juego, tirar el tablero para acabar la partida, cambiar las reglas para que estén a su favor.


¿Sólo l( )s niñ( )s? Por supuesto que no.

La trampa es pan de cada día en la adultez. Constantemente estamos buscando maneras de escapar de situaciones que dejaron de ser divertidas. En el juego y en la vida.


¿Pero es que acaso hay alguna diferencia?

No. No la hay.


Déjame decirte algo: ¡La vida no es más que un juego!.


Un juego diseñado meticulosamente, con la intención de que sea divertido. Uno del que sólo algunos son conscientes, pero la gran mayoría no. Ese es el gran meollo del asunto. Qué olvidamos que era tan sólo un juego. A veces me parece entender que éste olvido era justamente parte del juego.

Pero no quiero confundirte más de la cuenta. Ya de por sí todo esto es bastante confuso. Es probable que estés pensando en lo poco divertida que es la vida gran parte del tiempo. ¿Cómo puede ser entonces un juego? ¡Si la vida es algo serio! Nos han dicho hasta el cansancio.


- No es hora de jugar. Le digo yo a mis hijas con bastante frecuencia.


El juego es sólo para los ratos libres. Y ojalá en ese juego haya algo de aprendizaje. Jugar por jugar es una verdadera pérdida de tiempo. El tiempo es oro, y no es como para andarlo perdiendo. Así, una de las primeras metas de la infancia es poder diferenciar entre el juego y la realidad. Una lección que refuerza esta idea que tenemos instalada: La realidad no es un juego. Un signo de madurez es cuándo el juego va siendo desplazado por aquellas ocupaciones importantes. Las que son productivas y relevantes para la producción de conocimiento y dinero.


Lo que no sabemos, es que precisamente ese es un juego en el que participamos. Somos pequeñ( )s trabajador( )s en una gran maquinaria inventada por alguien que sí sabe que está jugando. En pocas palabras, somos participantes de un juego invisible para nosotr( )s. Un juego que sólo es divertido para algun( )s. Uno en el que no siempre elegimos participar y del que muchas veces intentamos salirnos porque algo muy adentro sabe que es posible.


En este momento es probable que tu mente este resistiendo esta idea. ¿Un juego? ¿Entonces nada de lo que hacemos es real? ¿Importante?

Claro, esa dicotomía juego-realidad, está muy presente en nuestra mente. No hace falta que te quiebres la cabeza intentando entender esto. Basta con que sepas que jugar es nuestra naturaleza y que en el juego todo es posible. Que en el juego somos lo que somos y que por más que intentemos disimular, tarde o temprano se revela nuestra verdad más contundente. Que tod( )s sin excepción, sabemos jugar y que jugar implica diversión, por lo tanto espontáneamente intentaremos detener cualquier situación que no nos resulte divertida, aunque nos peleemos con este hecho, ya que nos enseñaron que no todo puede ser diversión. Pero por más aconductuad( )s que estemos y por más obedientes que seamos, nuestro ser auténtico siempre encontrará maneras de hacer pequeñas trampas y concesiones. Buscará rutas de escape. Disfraces, excusas y estrategias que aparenten seriedad. Hará lo que tenga que hacer para escapar del tedio y salirse con la suya.

La realidad, no es más que un juego dentro de otro juego, en una infinita matriz.


La Vía del Corazón es un juego que me inventé recordando todo esto, un juego que como adult( )s si podemos elegir. Uno en el que somos conscientes que estamos jugando. Uno en el que sabremos que podremos encontrar el gozo. Como en todo juego, tendrás retos que te motiven a participar, reglas que seguir y un propósito que alcanzar. Y por supuesto un premio que ganar.


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